No sé si alguna vez te han explicado qué son las emociones y para qué sirven. Simplemente te diré que son respuestas psicofisiológicas a un estímulo concreto. Esto significa que ante determinadas situaciones nuestro organismo responde tanto con activación fisiológica como psicológica. Tienen una función adaptativa de supervivencia, y una función social de comunicar cómo nos sentimos a otras personas mediante su expresión. Las emociones son mensajes de nuestro organismo sobre cómo nos afecta una situación para dar una respuesta ajustada a nuestras necesidades.

Las emociones son mecanismos muy primarios de funcionamiento que permiten a los seres vivos preservarse. Esto significa que mucho antes de que tú seas consciente de que tienes una emoción, la emoción ya ha ocurrido, ha generado una activación, unas sensaciones físicas, y probablemente unos pensamientos. Esto tiene mucho sentido, pues si aparece un león no parece que sea muy útil esperar a ser consciente de que hay un peligro, sino reaccionar lo más rápido posible.

Esto también tiene el lado negativo de que las emociones antes de llegar al consciente ya se han desplegado y generan un impulso muy fuerte de actuar (por ejemplo, salir corriendo cuando tenemos miedo). Es decir, las emociones crecen en intensidad en una curva más o menos como esta, y en su punto más álgido nos invitan a hacer algo (impulso emocional).

La cuestión es que no siempre el impulso emocional está en la línea de lo que queremos para nosotros: por muchas ganas que tengas de darle un puñetazo a ese imbécil, no creo que te hiciera sentir orgullo dárselo. De ahí que te anime a preguntarte: ¿lo quieres o sólo te apetece?

Lo que nos apetece está relacionado con lo que la emoción nos invita a hacer, mientras que lo que queremos está más relacionado con los valores o la persona que queremos ser. Lo que nos apetece es volátil, cambiante, errático, e incluso, a veces, contradictorio, además, sólo nos hará sentirnos bien a corto plazo. Lo que queremos es más estable, coherente, meditado… y muchas veces no genera bienestar a corto plazo, pero sí a medio y largo plazo, a modo de satisfacción vital.

Unas veces, lo que queremos y nos apetece va en la misma línea, entonces sólo tenemos que actuar siguiendo el impulso. Pero otras veces, lo que queremos está reñido con lo que nos apetece (ser una persona respetuosa está reñido con gritar a tu madre). Si persigues lo que te apetece siempre, acabarás a merced de tus emociones, sumergida en el mar; mientras que si te guías por lo que quieres sentirás mucho más control sobre ti y tu vida. Así que la próxima vez que quieras hacer algo te animo a preguntarte: ¿qué emoción estoy sintiendo? ¿qué me invita a hacer la emoción? ¿lo quiero o sólo me apetece?

Pd: si sientes que a menudo te ves obligada a hacer lo que te apetece, en contra de lo que quieres, te animo a buscar ayuda psicológica.

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